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Jubilarse en Ucrania: un queso, dos pollos y una docena de huevos

El conflicto está congelado sin una negociación de paz activa en 2026, pero los bombardeos son constantes.

La catástrofe humanitaria se cuenta en decenas de miles de muertos y más de seis millones de refugiados, en un país con 44 millones de habitantes si se incluyen las regiones ocupadas de Crimea y Donbás, según las Naciones Unidas, y de tres millones menos si no.

Los ataques sobre infraestructuras civiles clave son constantes; la crisis económica, inabordable. Por si fuera poco, el aluvión de desplazados internos —3,6 millones según Acnur— ha disparado el precio de la vivienda en el oeste del país. Alquilar una habitación en Uzhgorod vale entre 220 y 380 dólares de media.

Marina dice que su hija le ayuda en lo que puede, “sobre todo en invierno cuando hay que calentar la casa y no tengo flores que vender”. ¿Hay esperanza de que acabe la guerra y mejore la situación para todos? La mujer lo tiene claro: “Todo irá a peor”.

Según un informe interno de la Comisión Europea, Ucrania tendrá este año gastos superiores a los 134 000 millones de euros (156 400 dólares) en materia militar, lo que supone más del doble de lo previsto en los presupuestos del Estado. Representa 60 % de los gastos del gobierno.

La energía cara, la logística con riesgo y el combustible son los principales responsables de que los precios se parezcan a los de la Unión Europea (UE). La reconstrucción se estima en 500 000 millones de dólares, pero ahora solo hay proyectos puntuales de la UE y de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid).

Si bien las pensiones en Ucrania no estaban a la altura del coste de la vida ya antes de la guerra, el impacto del conflicto sobre la economía doméstica ha puesto sobre las cuerdas a los más mayores. Son muchos los que sobreviven únicamente gracias al apoyo de los familiares o al de organizaciones de beneficencia.

Escondidos

Como ciudad fronteriza —a 20 kilómetros de la frontera húngara y a cinco de la eslovaca—, Uzhgorod es, desde 2022, una de las «ciudades puente» humanitarias de Ucrania: hasta aquí llegan cientos de miles de desplazados internos y por aquí pasa la ayuda que entra por frontera, por lo que la presencia de oenegés es significativa.

Desde la sede de la organización católica Cáritas en la ciudad, voluntarios explicaron a IPS que ayudan a los mayores con paquetes de comida, pañales y medicinas «siempre que hay dinero», pero que los medios de los que disponen son cada vez más reducidos.

Por su parte, responsables de la Cruz Roja en la ciudad trasladaron a IPS que trabajan en la misma línea, “además de ofrecer talleres, excursiones y programas de entretenimiento”.

Pero basta acercarse al Mercado Central de Uzhgorod para comprobar que el ocio no es algo al alcance de todos. A primera vista, nada lo distingue de cualquier otro en una capital europea: los puestos rebosan frutas, verduras y otros básicos como los huevos y la carne, y no parece que falten los clientes.

Son los detalles más sutiles los que marcan la diferencia.

“Los de casa siguen viniendo a saludar, pero compran mucho menos porque no se lo pueden permitir. Sin embargo, los desplazados de Kiev u otros grandes centros urbanos prefieren el supermercado, aunque nuestros productos sean mucho más naturales y económicos”, lamenta Oksana, de 76 años.

No es únicamente una pensión que no llega a los 100 dólares la que la retiene en su puesto: tres de sus hijos permanecen escondidos en su pueblo para evitar la movilización forzosa. Ayudan como pueden en la huerta, pero son demasiados en casa.

Según el Ministerio de Defensa, alrededor de dos millones de ucranianos viven ocultándose de los reclutadores militares. Muchos permanecen durante meses sin salir de sus casas o aldeas por miedo a acabar en el frente de guerra, a menudo sin instrucción militar previa.

Oksana explota: “¿No se supone que la Policía y el Ejército están para protegernos? ¿Por qué quieren llevarse a mis hijos a un matadero cuando ni siquiera saben cómo empuñar un arma?”.

Guerra sin fin

Justo al lado, Anya, de 67 años, dice que ha tenido más suerte: tres de sus cuatro hijos están fuera del país y otro está con ella, exento del servicio militar. Apenas falta media hora para que el mercado cierre sus puertas a las 4:00 de la tarde y aún le quedan un queso, dos pollos y una docena de huevos por vender.

El total sumará unos 15 dólares; no es mucho, pero equivale a una quinta parte de su pensión mensual. Es todo lo que le ha quedado tras más de 30 años de trabajo como cartera.

En una ciudad antes turística como esta, los negocios de souvenirs, las agencias de viajes o las de alquiler de coches no son ya más que locales tapiados o escaparates del vacío. Solo sus páginas web sin actualizar dan fe de una vida anterior a la guerra.

Cuesta abstraerse de la nueva coyuntura. Basta enfilar por el paseo bajo los tilos de la orilla del río Uzh para darse de bruces con un dron militar expuesto sobre una mesa. Es el reclamo junto a una urna que recoge donaciones para el esfuerzo de guerra.

Elizabeth vende en la calle desde mucho antes de que estallara el conflicto. A sus 74 años, dice que lleva mejor la lluvia que el calor extremo de este verano. Viene todos los días desde Velyki Lazi, un pueblo a 15 kilómetros al sureste de Uzhgorod.

Según explica a IPS, su marido le ayuda a cargar las bolsas de manzanas, pepinillos y huevos en el autobús y luego se apaña ella a pie desde la estación. 30 años de contable de una empresa en la antigua Unión Soviética y otros tantos trabajando en el campo le han dejado una pensión de unos 80 dólares al cambio.

Hoy no llega a ver ni el final de la guerra, ni tampoco el momento en el que podrá dejar su puesto. Prefiere no pensar demasiado en ello. “Seguiré en la calle mientras me aguanten las fuerzas”, resume.

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