Venezuela toma apenas un sorbo de energía solar
Una instalación de paneles en un apartado poblado de los Andes marcó, a finales de febrero, un segundo debut del Estado venezolano en el escenario de la energía solar, territorio desconocido o ignorado en este país que durante un siglo fue una potencia productora de petróleo.
“Se muestra como algo nuevo, pero probablemente derivaron materiales de una instalación que tenía en la zona Pdvsa (la estatal Petróleos de Venezuela), con un proyecto industrial que fracasó y fue abandonado”, observó a IPS el experto en energías alternativas Alejandro López-González.
En cambio, indicó López-González, el programa gubernamental “Sembrando Luz”, desarrollado por ingenieros venezolanos y cubanos, colocó cerca de 2300 pequeños sistemas de electricidad solar fotovoltaica, en comunidades rurales e indígenas, principalmente, entre los años 2005 y 2012.
Gobernaba entonces Venezuela el fallecido Hugo Chávez (1999-2013), cuyo mandato disfrutó de un ciclo de riqueza petrolera, seguido por otro de desplome de esa industria y de numerosos proyectos de infraestructura y servicios, como los de electricidad alternativa, en su mayoría abandonados a medio camino.
Emblemático es el de parques eólicos en las penínsulas de Paraguaná y Guajira, en el noroeste -donde soplan con fuerza, constancia y velocidad los vientos alisios-, y que sumando más de 100 aerogeneradores podrían aportar hasta 150 Mwh al sistema en esa zona, una de las más castigadas por apagones en lo que va de siglo.
A partir de 2006 en Paraguaná y 2011 en la Guajira se colocaron algunos aerogeneradores, y se invirtieron más de 400 millones de dólares, con la idea de abastecer a numerosas comunidades indígenas del pueblo wayúu, principalmente.
Pero luego se demoró la instalación de más aerogeneradores y equipos, el proyecto fue desatendido, muchos materiales fueron hurtados para venderlos como chatarra, y ya en 2018 el entonces ministro de Energía Eléctrica, Luis Motta, lo dio por perdido.
Una suerte parecida corrieron centenares de pequeños proyectos de energía solar -en algunos casos acompañados de eólica- en comunidades campesinas e indígenas, los cuales “beneficiaron hasta 200 000 personas en todo el país pero quedaron fuera de servicio por falta de mantenimiento y atención”, lamentó López-González.
En realidad, antes de “Sembrando luz” hubo iniciativas puntuales y sobre todo rurales de energía solar y eólica –por ejemplo, para activar pozos de agua en las llanuras del Orinoco-, de particulares, universidades y algunos entes del Estado.
El techo verde del edificio de estudios de posgrado en la Universidad Católica Andrés Bello bloquea el exceso de calor para algunas de sus aulas y sirve de base a la instalación de paneles solares que proveen electricidad a varias dependencias. Al fondo, la populosa barriada de Antímano, en el oeste de Caracas. Foto: Humberto Márquez / IPS
Turno universitario
Ahora las iniciativas están llegando a suelo urbano, de particulares en ciudades muy castigadas por los largos cortes de energía, como la noroccidental y calurosa Maracaibo, capital petrolera del país, de establecimientos comerciales, de centros de salud, y una ejemplar instalación en la privada Universidad Católica Andrés Bello (Ucab), en Caracas.
Esa casa de estudios “decidió incorporar la ecología y la sostenibilidad a programas, prácticas, el manejo de su campus -32 hectáreas, con unos 5000 estudiantes en diversas disciplinas- y su experimentación, como aporte a la ciencia ambiental en el país”, dijo a IPS su director de Sustentabilidad Ambiental, Joaquín Benítez.
Así, desde 2019, la azotea del edificio dedicado a los estudios de postgrado se transformó en un techo verde, con un jardín de plantas suculentas (de poca altura y especialistas en almacenamiento de agua) de 800 metros cuadrados.
Varias aulas bajo ese techo, donde las temperaturas a las 15:00 horas locales alcanzaban, la mayor parte del año, 31 grados centígrados en 2013, tienen ahora una temperatura promedio de 25 grados, indicó Benítez.
Al jardín siguió la instalación de 30 paneles solares en los límites del techo, más un generador eólico de respaldo, para apoyar las tareas de experimentación y estudio, dotar de energía a parte del edificio y alimentar el dispositivo de riego de las plantas.
Se genera la energía suficiente para servir a una casa para cinco personas, con tres habitaciones en dos plantas, dos baños y un jardincillo, comenta Benítez.
Emprender sobre las fallas
Pero una instalación de paneles en un hogar, finca o pequeño comercio, incluso si solo es complementaria de la red eléctrica nacional o usada para alimentar apenas unos pocos artefactos, cuesta desde 4000 dólares hasta cinco veces esa cifra. Es una cantidad enorme en un país donde la mayoría de la población sobrevive en la pobreza y el salario mínimo mensual equivale a menos de seis dólares.
Sin embargo, han surgido centenares de instalaciones privadas de energía solar, a menudo en combinación con plantas alimentadas con gasóleo –pero también con pequeños aerogeneradores- en áreas del occidente y las llanuras del centro y oriente, y un puñado de empresas dedicadas a la instalación y mantenimiento.
La crisis eléctrica ha formado parte de una depresión económica y crisis social y política que ha empujado a migrar a más de siete millones de venezolanos en la última década, gobernada por Nicolás Maduro, reduciéndose la población a un estimado de 28 millones de habitantes.
Solo el noroccidental estado de Zulia, petrolero y ganadero, de 63 000 kilómetros cuadrados y cinco millones de habitantes, sufrió 37 000 fallas en el suministro eléctrico el año pasado, según el crítico Comité de Afectados por los Apagones.
Las fallas en todo el país sumaron 233 000 el año pasado y 196 000 en 2021. Hace cuatro años, en marzo de 2019, un apagón dejó a casi toda Venezuela, incluida gran parte de Caracas, sin electricidad entre 72 y 100 horas continuas.
El país se abastece del complejo hidroeléctrico de Guri, en el sureste del país, con una capacidad instalada de 12 000 Mwh en tres represas, y el cual cubre dos tercios de la demanda nacional. Otro 30 % proviene de plantas térmicas, y el resto de pequeñas plantas de generación distribuida.
En total, la capacidad instalada del país, que debió alcanzar 34 000 Mwh según las inversiones hechas durante décadas, apenas llega a 24 000 Mwh, pues buena parte está deteriorada, así como las redes de distribución.
El déficit en el suministro no es peor debido al desplome de la economía, pues el producto interno bruto del país retrocedió hasta 80 % entre 2013 y 2021, y la demanda, unos 19 000 Mwh en 2013, se había reducido a 11 000 Mwh en 2019.
Pagar poco o nada
Y otro dato, recordó a IPS el experto en energías renovables Luis Ramírez, es que la electricidad en Venezuela, en manos del Estado, es subsidiada hasta en 99 %.
“Frente a un costo promedio de 0,20 dólares por kilovatio-hora en otros países de América Latina, en Venezuela se paga en la factura 0,002 dólares (dos milésimos)”, dijo Ramírez, también director del posgrado en sistemas de calidad de la Ucab.
Sin embargo, desde 2022 las tarifas de servicios públicos, como agua, electricidad, gas para cocinar, suministro de gasolina, uso de autopistas y recolección de basura, han comenzado a subir en distintas regiones del país.
Además “un tema cultural es que los venezolanos no están acostumbrados al ahorro energético y, por añadidura mucha gente, entre 30 y 40 % de los usuarios, sencillamente no paga por la luz”, expuso Ramírez.
Los habitantes de las hacinadas e informales barriadas de Caracas y otras urbes, toman con desparpajo la luz de las redes, y en pequeñas ciudades del interior es común que hagan lo propio pequeños establecimientos empresariales.
Ese contexto desestimula las inversiones en el sector y en particular en las energías renovables, que tienen a menudo mayores costos de instalación y arranque que las plantas alimentadas con energía fósil.
Con información de Agencia de Noticias IPS