Sociales

24 años del 11 de abril: El día que marcó el desmantelamiento de la democracia en Venezuela

Al cumplirse 24 años de los sucesos del 11 de abril de 2002, la memoria histórica de Venezuela se erige como un testimonio irrefutable de la resistencia civil frente a la instauración de un modelo autoritario. Lo que comenzó como la movilización ciudadana más grande en la historia del país, con más de un millón de ciudadanos venezolanos en la calle exigiendo libertad, se convirtió en el punto de inflexión que permitió al chavismo iniciar la captura sistemática de las instituciones y la devastación del tejido productivo nacional, para luego imponer un control social.

El despertar de una sociedad que dijo «¡Ya basta!»

La crisis de abril de 2002 no fue un evento aislado, sino la respuesta de una sociedad que veía cómo se cerraban los espacios democráticos. El detonante fue la implementación del Decreto 1011, una medida que buscaba ideologizar la educación en general, bajo la figura de supervisores itinerantes. Bajo el lema histórico “Con mis hijos no te metas”, los padres y representantes encendieron una protesta que pronto sumó a todos los sectores del país.

A esta lucha educativa se unió la defensa de la meritocracia en PDVSA. La decisión de Hugo Chávez de despedir ilegalmente a 23,000 trabajadores petroleros —el cerebro técnico de la nación— no solo fue un ataque a la industria, sino el inicio del uso de los recursos del Estado para financiar un proyecto político personalista, ideológico y autoritarista. Por eso, empresarios, sindicatos y la sociedad civil organizada convergieron en una marcha que partió desde Chuao, al este de Caracas, con un destino claro: hasta el Palacio de Miraflores, sede del poder ejecutivo para mostrar su disconformidad.

La emboscada y la deuda con la verdad

La tragedia que enlutó a Venezuela ese día fue producto de una estrategia de confrontación planificada. El avance de la marcha fue interceptada por grupos paramilitares, conocidos como «Círculos Bolivarianos», bajo órdenes oficialistas, que buscaban silenciar la protesta a través de la violencia. El saldo fue doloroso: 19 muertes y cientos de heridos.

A pesar de que el entonces General en Jefe de Las Fuerzas Armadas, Lucas Rincón Romero, anunció al país que el Alto Mando Militar le había solicitado la renuncia a Chávez y que este la había aceptado, el régimen ha mantenido un velo de opacidad sobre los hechos. Analistas coinciden en que la justicia ha sido utilizada como una herramienta de persecución: se condenó sin pruebas a comisarios y policías metropolitanos, mientras los verdaderos responsables de los disparos y quienes convocaron a las milicias civiles permanecen en la impunidad.

Los funcionarios Erasmo Bolívar, Luis Molina y Héctor Rovain continúan tras las rejas en condiciones inhumanas, siendo víctimas de una denegación sistemática de justicia que ya suma más de dos décadas de atropellos a sus derechos humanos.

Días después de los hechos, el entonces fiscal general de la República, Isaías Rodríguez, anunció el inicio de investigaciones penales para esclarecer lo ocurrido el 11 de abril. La Fiscalía imputó a varios funcionarios de la Policía Metropolitana por su presunta responsabilidad en las muertes. Llama la atención que se procesara a estos agentes, pues a pesar de la confusión, las imágenes de la época mostraron que la referida policía no confrontó a los marchantes, sino que les advirtió de la amenaza y acciones violentas de los oficialistas.

El largo proceso judicial fue ampliamente cuestionado por organizaciones de derechos humanos y por las defensas de los acusados, que denunciaron irregularidades en la investigación, falta de imparcialidad judicial y ausencia de pruebas concluyentes.

La sentencia llegó finalmente en el 2009 y condenó a once (11) funcionarios a penas de hasta 30 años de prisión, la máxima permitida por la Constitución y legislación venezolana. La defensa ha insistido en que no se demostró de forma concluyente quién disparó ese día ni que las armas de los policías acusados hubieran sido efectivamente accionadas. Aun así, el Estado sostuvo -y sigue sosteniendo- que las condenas fueron legales. Hoy, 24 años después, tres de los condenados permanecen en prisión.

La recientemente promulgada Ley de Amnistía, producida en el marco de la “transición” tutelada por la administración del presidente de EE. UU Donald Trump, expresamente dispone en el numeral 1 de su artículo 8, la concesión del beneficio por los supuestos delitos cometidos o acaecidos en el contexto del “golpe de estado del 11 y 12 de abril del año 2002, incluidos los asaltos y ataques contra gobernaciones, alcaldías e instalaciones públicas y privadas”. No obstante, Erasmo Bolívar, Héctor Rovaín y Luis Enrique Molina, continúan encarcelados y han sido excluidos.

La herencia de una «estrategia torpe»

Hoy se recuerda a un Hugo Chávez que, lejos de la narrativa de «invencibilidad» que el régimen intentaba imponer, se mostró desmoralizado y dispuesto a rendirse en los momentos críticos, tal como lo hizo en febrero de 1992. Los hechos sugieren que el mandatario pudo evitar la masacre simplemente desestimando las medidas contra PDVSA, el sistema educativo, los gremios y las empresas que pensaba someter, y permitiendo el libre tránsito de la marcha, pero optó por la confrontación para justificar la posterior radicalización y el control social que hoy asfixia al país.

Pero, todavía sigue viva la esperanza

A 24 años de aquella gesta ciudadana, las heridas de abril siguen abiertas, pero su legado es más vigente que nunca. Venezuela no es la misma que la de 2002; hoy, el país entiende que el costo del engaño populista ha generado el exilio de 9 millones de personas y la destrucción de la prosperidad. Sin embargo, este aniversario no es solo para el luto, sino para la reafirmación de un compromiso inquebrantable por un mejor porvenir.

La historia nos enseña que ninguna estructura de control social es eterna frente a la voluntad de un pueblo que decide reencontrarse con su destino. El futuro de Venezuela se construye hoy, presionando por el retorno a la institucionalidad, por elecciones libres y por una justicia que no solo castigue al culpable, sino que libere al inocente.

Tras casi tres décadas de un modelo fallido, el país reclama con urgencia una modernidad sin exclusiones. Estamos ante la oportunidad histórica de transformar el dolor del pasado en el combustible para una sociedad de bienestar, donde la inversión, la libertad de expresión y el respeto a la propiedad privada sean los pilares de una nación que nunca más permita que sus instituciones sean secuestradas. El 11 de abril nos recuerda que la calle es del ciudadano y que el futuro, por derecho y por lucha, le pertenece a la libertad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *