Mercados justos para la agroecología necesitan voluntad política en Perú
“Con la agroecología estoy sacando adelante a mi hijita porque vendo mis hortalizas que son sanas, ricas, naturales; pero se necesita apoyo de las autoridades para tener mercados y precios justos”, dice a IPS la joven quechua Ruth Flores, de la comunidad campesina de Umachurco, a más de 3500 metros sobre el nivel del mar.
Situada en la zona conocida como Valle Sagrado en el departamento de Cusco, en el sur andino de Perú, esta comunidad de alrededor de 200 familias campesinas dedicadas a la agricultura familiar, pertenece al municipio de San Salvador, uno de los ocho que conforman la provincia de Calca.
Hace dos años, Flores accedió a un invernadero de 100 metros cuadrados y a una capacitación intensiva en producción agroecológica y derechos de las mujeres al integrarse a un proyecto del no gubernamental Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán, del que forman parte 80 productoras de cuatro municipios de Calca, entre ellos San Salvador.
Como parte de ese proyecto, financiado por la española Cooperación Vasca con el apoyo de la también vasca Mugen Gainetik, cada una de las 80 mujeres accedió a un invernadero propio equipado con un tanque y un módulo de riego tecnificado por goteo, destinado a almacenar agua y usarla en tiempos de sequía.
“He aprendido a preparar la tierra, a emplear el guano de mis animales para hacer el abono, a regar dosificando el agua, a combatir los pulgones y otras plagas de manera natural, sin químicos. Por ejemplo, siembro ajos junto con las lechugas y así ya no aparecen estos insectos”, sostiene la productora de 21 años, madre de una niña de dos, en diálogo con IPS en su huerto.
Ella cría a su hija con el apoyo de su madre, quien, sin embargo, no puede dedicarse al cultivo de las hortalizas como quisiera, pues padece de una fuerte artrosis que limita sus movimientos.
El esfuerzo y entusiasmo de Flores y de sus compañeras de la Escuela Agroecológica encuentra una gran barrera en las limitaciones para acceder a espacios de comercialización y lograr el reconocimiento de precios justos por su producción.
Esa escuela es el espacio de formación que brinda Flora Tristán a través de talleres, prácticas demostrativas y asistencia técnica permanente en campo en el que participan las 80 integrantes.
Al estar situadas en comunidades alejadas de las ciudades y no contar con medios de transporte propios, el traslado de sus diferentes hortalizas resulta dificultoso para ellas, lo mismo que el almacenamiento, debido a la falta de instalaciones donde guardarlas en condiciones adecuadas.
De las palabras a los hechos
“Nosotras hemos pedido a nuestros alcaldes que nos apoyen. Las mujeres del campo hemos cambiado nuestro modo de producción y ahora estamos aportando alimentos saludables no solo a nuestras familias sino también a los consumidores”, manifiesta Martina Santa Cruz, presidenta de la Asociación Provincial de Productoras Agroecológicas de Calca (Appac).
Esta organización, nacida en octubre del 2024 como respuesta a la necesidad de fortalecer la acción conjunta de las productoras, está conformada por las 80 que son parte del proyecto, de los municipios distritales de Calca, Coya, Lamay y San Salvador.
Campesina quechua de la comunidad de Saccllo, en el municipio de Calca, Santa Cruz señala a IPS que ya han entregado sus propuestas a las autoridades.
“Hemos pedido que nos apoyen con el transporte de nuestros productos hasta un lugar donde se puedan guardar y preservar, que nos garanticen espacios diferenciados en los mercados locales para destacar el valor y propiedades de nuestras hortalizas agroecológicas, y que se hagan campañas sobre alimentación saludable y precios justos”, explica.
Estos planteamientos son parte de la Agenda Política y de Derechos de la Appac que han sustentado ante los alcaldes de sus jurisdicciones.
“Las autoridades y funcionarios se han comprometido a tomar medidas, pero de las palabras hay que pasar a los hechos. Por lo pronto hemos empezado a atender un pedido mensual de 30 paquetes de hortalizas de nuestros invernaderos al municipio de Calca”, añade.
Su rol de dirigente es una responsabilidad más en la vida de Santa Cruz, quien se responsabiliza de una hija adolescente de 15 años y otro de seis, del cuidado de sus animales y de la conducción de su invernadero. Su esposo la apoya siempre que puede, pues es obrero de la construcción en la ciudad de Cusco.
Sacllo, a una hora y media de distancia de esa ciudad y capital del departamento homónimo en transporte urbano, es una comunidad en la que las más de 100 familias que la habitan se dedican a la pequeña agricultura y a actividades pecuarias.
Postergación rural
Perú, con 34 millones de habitantes, es un país sudamericano de renta media y dependiente de la exportación de sus materias primas; proyecta según diversos analistas un crecimiento de su economía en poco más de 3%, lo que redundaría en una disminución de la tasa anual de pobreza de 27 % registrado el 2024, a 25 % en el año que recién terminó.
Sin embargo, el porcentaje de la pobreza rural era de 39 %, muy por encima del promedio nacional.
Justamente en un sector donde persisten brechas de necesidades básicas insatisfechas en vivienda, educación, salud y saneamiento, y donde el cambio climático agudiza los problemas que afronta la agricultura familiar, una de las actividades que constituyen los medios de sustento de la población.
“Se necesita promover el desarrollo humano para impulsar el desarrollo rural sostenible: educación, saneamiento básico, vivienda segura y saludable, agua, son algunos problemas estructurales de urgente atención para mejorar la calidad de vida de las personas”, sostuvo Ricardo Giesecke, físico, ambientalista y un conocedor profundo de la realidad del país.
En entrevista con IPS en la ciudad de Lima, el especialista, con dilatada trayectoria académica y profesional, y experiencia en cargos públicos y privados, remarcó que el Estado peruano no debe esperar a tener un ideal de porcentaje de crecimiento económico para invertir en las áreas priorizadas, pues se trata de generar oportunidades para las personas que más lo necesitan.
Destacó que la agricultura familiar “da de comer a 60 o 70 % de la población peruana”, señalando que es primordial defenderla, así como poner el foco en la producción agroecológica y su comercialización.
“No puede ser que el Estado no se interese por el sistema de comercialización y de transporte. La gente produce en sus chacras, pero alguien lo tiene que sacar a la carretera y esa carretera tiene que ir a un mercado y ese mercado le tiene que pagar lo justo. Pero si todo el mundo cobra cupos y coimas, qué le queda al agricultor o agricultora”, dijo.
Recordó su paso por el Mercado Mayorista de Lima: “Yo he trabajado allí y veía a los mayoristas con camionetas más lujosas y blindadas mientras que la gente del campo a la que le compran estaba cada vez peor, cada vez más pata en el suelo”.
Precisó que corresponde a los municipios cumplir un rol de regulación del transporte rural, y garantizar el funcionamiento de hangares públicos donde la gente del agro pueda colocar su producción agroecológica a buen recaudo, y de allí ser trasladada a diversos mercados para su comercialización.
“Este proceso debe tener la rectoría del Ministerio de Agricultura y Riego, y desde el momento de la producción”, agregó.
Giesecke subrayó la urgencia de acelerar estas decisiones pues la minería constituye un polo de atracción de la juventud campesina. “Los chicos no quieren ser agricultores porque lo asocian a la pobreza y eso se tiene que revertir con mayores oportunidades desde el Estado”, puntualizó.
Sí se puede desarrollar más
La campesina Flores compartió su orgullo de haber logrado la confianza de una pollería -un restaurante especializado en pollos a la brasa, muy comunes en Perú- en la ciudad de Calca, a la que semanalmente provee de betarragas, también conocidas como remolachas (Beta vulgaris).
“Como sé que la clientela no va a llegar hasta mi comunidad ni a mi invernadero, fui ofreciendo en diferentes lugares. Ahora cada semana llevo lechugas a un puesto del mercado y mis betarragas a la pollería”, cuenta.
Recuerda que “al inicio no me creían que era natural, como la cabeza (bulbo) era grande, pensaban que estaba inflada con químicos, pero cuando probaron les pareció muy rico, sabroso, lo diferenciaron del artificial que es chuma (desabrido)”.
Además de esta iniciativa, ella, con las demás productoras de la Appac, participa en forma rotativa en la feria que cada mes se realiza en la ciudad de Cusco y es organizada por el gobierno regional. Cuentan para ello con el apoyo del Centro Flora Tristán en el proceso posterior a la cosecha, como lavado y empacado de hortalizas, además de su traslado.
“Es hora que tengan mayor voluntad nuestras autoridades para que hagan una política que nos permita sacar nuestros productos, llevarlos a los mercados y venderlos a su precio real”, plantea Flores.
“Así se podrá desarrollar más la agroecología para que todo el Valle Sagrado crezca en armonía con la pachamama (madre tierra) y nuestras familias tengan una mejor vida. Es lo que dicen palanca de desarrollo”, invoca.
