Cuando llegan las lluvias, los corazones laten más rápido en norte de India
Cuando comienza a llover en Srinagar, la capital de la Cachemira india, Ghulam Nabi Bhat ya no mira las nubes con alivio. Las mira con cálculo. ¿Cuánto pueden soportar las alcantarillas? ¿A qué velocidad subirá el río? ¿Qué rincón de la casa se inundará primero? ¿Dónde dormirán los niños si el suelo se humedece?
«Antes, la lluvia era sinónimo de comodidad», afirma Bhat, residente de un barrio bajo cercano a los cursos de agua de la ciudad. «Ahora se percibe como una advertencia», detalla a IPS la residente en el estado de Cachemira, en el extremo norte del país, dentro de un gran territorio con sus mayores porciones sadministradas India y Pakistán.
Muchos días, la lluvia no tiene por qué convertirse en una inundación para cambiar la vida. Las calles se inundan en cuestión de horas. Las tiendas cierran temprano. El bus de la escuela da media vuelta. Las familias se llaman por teléfono para preguntarse lo mismo: «¿Cómo está tu zona?».
Para millones de personas en la India y en la región emergente de Asia esta es la nueva normalidad. Ese grupo de países en rápido crecimiento incluyen también a Indonesia, Malasia, Filipinas y Vietnam, además de China.
Los desastres ya no son acontecimientos excepcionales que se producen una vez en cada generación. Se producen como conmociones repetidas, cada una de las cuales deja tras de sí facturas de reparación, salarios perdidos y una sensación más profunda de que la recuperación se ha convertido en una rutina permanente.
Un análisis reciente del Centro de Desarrollo de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE, de 36 grandes economías industriales y emergentes) muestra que los países emergentes de Asia se han enfrentado a una media de unos 100 desastres al año durante la última década, que han afectado a unos 80 millones de personas anualmente.
La tendencia al alza se debe a las inundaciones, las tormentas y las sequías. El informe estima que los desastres naturales han costado a la India una media de 0,4 % del producto interno bruto (PIB) cada año entre 1990 y 2024.
Detrás de esa cifra nacional se esconde una historia más silenciosa y conmovedora.
Es la historia de cómo los repetidos choques climáticos y meteorológicos son absorbidos por los hogares y no solo por las hojas de cálculo. Por los ahorros que una familia acumuló para la educación de su hija. Por las existencias que un comerciante compra a crédito. Por el capital inicial que un agricultor ahorra de la última temporada.
En la zona propensa a las inundaciones del estado de Bihar, en el noreste de India, Sunita Devi, madre de tres hijos, dice que ha dejado de guardar nada de valor en el suelo. La ropa se coloca en estantes más altos. El recipiente de grano se ha trasladado a un rincón más seguro. Los documentos de la familia se guardan envueltos en plástico.
«Cuando llega el agua, corres con los niños», dice. «El resto se deja en manos del destino. Se puede reconstruir una pared. No se pueden recuperar los días perdidos», añade Devi a IPS.
Su pueblo ha convivido con las inundaciones durante décadas, pero ella dice que lo que ha cambiado es la frecuencia, la incertidumbre y el coste.
No se trata solo de las grandes inundaciones fluviales que aparecen en los titulares de los medios. También se trata de encharcamientos repentinos, carreteras dañadas, diques rotos y enfermedades que surgen después de que el agua retrocede.
«Antes podíamos predecirlo. Ahora no podemos. A veces el agua llega rápido. A veces se queda. A veces se va y luego vuelve», dice Devi.
El profesor Kaveh Madani, director del Instituto de Agua, Medio Ambiente y Salud de la Universidad de las Naciones Unidas, declaró a IPS que la quiebra hídrica en Asia debería tratarse como una cuestión de seguridad nacional, no como un problema sectorial.
«La prioridad está pasando de la respuesta a la crisis a la gestión de la quiebra: contabilidad honesta, límites exigibles, protección del capital natural y una transición justa que proteja a los agricultores y a las comunidades vulnerables», afirmó Madani.
En toda la Asia emergente, las inundaciones se han convertido en una de las tendencias al alza más fuertes desde principios de la década de 2000, según señala el informe del Centro de Desarrollo de la OCDE. Las razones varían de un lugar a otro, pero el resultado es similar: vidas trastornadas, hogares dañados y un ciclo de reparaciones que agota a las comunidades.
En Srinagar, Bashir Ahmad, propietario de una pequeña tienda, tiene un viejo estante de madera cerca de la entrada. No es para exponer productos, sino para emergencias. Cuando la lluvia se intensifica, retira rápidamente las cajas de productos del suelo.
«Mi tienda es pequeña y mi margen es aún menor. Un día de agua es suficiente para destruir muchas cosas. Los clientes no vienen. Las entregas se detienen. Solo queda esperar y observar», explica Ahmad a IPS.
Dice que la mayor pérdida no siempre son las existencias dañadas. Son los días sin clientela. Para las familias que viven semana a semana, incluso un cierre breve se convierte en una crisis prolongada. El alquiler no se detiene. Las cuotas escolares no se detienen. Los préstamos no se detienen.
El análisis de la OCDE, aunque de alcance regional, señala una dura realidad que las comunidades ya conocen. Afirma que los desastres tienen réplicas económicas que perduran mucho después de que las cámaras de televisión se marchen.
Cuando las pérdidas se repiten cada año, reducen el crecimiento y modifican las opciones. Las familias posponen la construcción de casas más resistentes. Evitan invertir en pequeñas empresas. Dedican más tiempo a recuperarse que a progresar.
«Los desastres ya no son acontecimientos excepcionales. Se han convertido en crisis económicas recurrentes. El problema no es solo el daño inmediato, sino la repetición. La repetición rompe la resiliencia de los hogares», afirmó Ritu Sharma, investigadora de riesgos climáticos con sede en Delhi.
Sharma precisó que las pérdidas por desastres en la India no deben considerarse solo como un porcentaje destacado.
Deben considerarse como una presión acumulada sobre la vida cotidiana.
«Una inundación no solo daña un puente. Retrasa las visitas al médico. Interrumpe las campañas de vacunación. Rompe las cadenas de suministro de alimentos y medicamentos. Puede empujar a las familias vulnerables a la trampa de la deuda. Lo que parece un fenómeno climático se convierte en un fenómeno social. Se convierte en un fenómeno sanitario. Se convierte en un fenómeno educativo», detalló a IPS la especialista.
En las comparaciones regionales del informe, la carga es desigual. Algunos países se enfrentan a pérdidas medias anuales más elevadas en porcentaje del PIB, especialmente los expuestos a ciclones e inundaciones.
El tamaño de India le permite absorber los impactos sobre el papel, pero ese tamaño también significa que más personas siguen expuestas.
Desde las laderas del Himalaya vulnerables a los deslizamientos de tierra hasta los distritos costeros que se preparan para los ciclones, pasando por las llanuras que se enfrentan a inundaciones y calor, el riesgo se extiende por toda la geografía y todos los medios de vida.
Nasar Ali, economista que estudia los efectos del clima, afirma que los daños reales suelen quedar ocultos en la economía informal.
«Una empresa del sector formal puede reclamar al seguro, obtener préstamos en mejores condiciones y reiniciar su actividad más rápidamente. Un vendedor de verduras no puede hacerlo. Una pequeña tienda de comestibles tampoco. Una familia con un solo asalariado tampoco. Sus pérdidas son inmediatas y personales. Además, son los que más tardan en recuperarse», explicó el experto a IPS.
Ali cree que los efectos de los desastres también agravan la desigualdad, ya que los hogares más pobres pierden lo que no pueden reemplazar.
«Un techo dañado para una familia rica es un problema de renovación. Un techo dañado para una familia pobre puede significar dormir en habitaciones húmedas durante semanas, infecciones, faltas al trabajo y el abandono temporal de la escuela por parte de los niños», dijo.
El informe de la OCDE también centra la atención en una cuestión política que se ha vuelto urgente en toda Asia: ¿cómo deben los gobiernos pagar los desastres de manera que no se desvíen repetidamente los fondos para el desarrollo?
El análisis destaca la financiación del riesgo de desastres, herramientas que ayudan a los gobiernos a preparar el dinero por adelantado en lugar de depender principalmente de la ayuda tras el desastre. Esto incluye fondos específicos para desastres, mecanismos de seguros y financiación rápida que se puede activar rápidamente tras una catástrofe.
Para las comunidades, el debate puede parecer lejano. Pero los resultados son visibles en la rapidez de la recuperación y la dignidad de la respuesta.
«Cuando ocurre un desastre, la ayuda debe llegar rápidamente», cuenta Meena Devi, que regenta una pequeña tienda de comestibles en la zona de RS Pura, en Jammu, el estado colindante con Cachemira y que hasta 2019 formaban un solo territorio.
Devi ha sido testigo de repetidas inundaciones durante las lluvias intensas. «Cerramos la tienda. La leche se estropea. La gente no puede comprar nada. Entonces pedimos dinero prestado para volver a empezar. Si la ayuda tarda en llegar, nos quedamos atrás», contó.
Afirma que su mayor temor no es un solo desastre, sino la sensación de que siempre hay otro a punto de ocurrir.
«Si ocurre una vez, sobrevives. Si ocurre una y otra vez, te cansas por dentro», resume a IPS.
Para ña experta Sharma, la preparación debe ir más allá de los simulacros de emergencia. Debe incluir una planificación que reduzca la exposición en primer lugar.
«Algunos riesgos son inevitables, pero muchos se amplifican por dónde y cómo construimos», dijo.
«Si las ciudades se expanden sin capacidad de drenaje, o si la construcción se extiende a las llanuras aluviales, entonces los desastres se vuelven predecibles. Eso no es solo la naturaleza. Es política», amplió.
En Srinagar, Bhat dice que los residentes a menudo sienten que libran la misma batalla cada año. Limpiar desagües. Apilar sacos de arena. Trasladar pertenencias. Llamar a familiares. Ver las actualizaciones del nivel del río. El trabajo parece pequeño, pero es agotador porque nunca termina.
Señala las marcas en una pared que muestran hasta dónde llegó el agua.
«Siempre pensamos que quizá este año será mejor», dice. «Luego llega la lluvia y el corazón empieza a latir más rápido», lamenta.
Cuando se le preguntó qué le haría sentir seguro, no habló de grandes promesas. Habló de lo básico. Un desagüe que funcione. Una carretera que no se derrumbe. Una alerta que llegue a tiempo. Ayuda que llegue a tiempo.
Para Sunita Devi, en Bihar, el sueño es aún más sencillo: una temporada en la que la familia pueda hacer planes sin miedo.
«Queremos vivir como gente normal. Queremos ahorrar dinero, no gastarlo en reparar lo que el agua ha destrozado», dice.
