«La Quinta Dayana» es una obra para reconocer nuestras debilidades
Por: Luis Jesús González Cova
Elio Palencia es seguramente uno de los autores que más se repite en la selección de obras concursantes en el Festival de Jóvenes Directores del Trasnocho Cultural. Su obra De alta se estrenó y ganó la tercera edición en un montaje a cargo de Juan Bautista; Escindida, propuesta por Francisco Aguana, se llevó el premio principal de la sexta edición y al año siguiente ganó la versión de Omar Churión de Penitentes. Además, El tiempo en una botella, guiada por Luis Vicente González se destacó en Escenario Digital, un certamen que en 2021 desafió las condiciones de confinamiento por la pandemia.
Desde esa perspectiva, podría parecer una apuesta segura la iniciativa del actor, bailarín y comunicador social, Luis Ledrick, de escoger La Quinta Dayana para ganar la más reciente edición del certamen, considerando además que el texto publicado en 2006, cuando se estrenó sobre las tablas al año siguiente, ganó el Premio Municipal de Teatro “José Ignacio Cabrujas” y en 2010 su adaptación al cine bajo la dirección de Eduardo Berberena con el título Cheila, una casa pa’ Maíta, ganó el premio al Mejor Guion en el Festival de Cine Venezolano.
No obstante, más allá de la potencia del texto y el desarrollo sin tropiezos de una historia conmovedora que ha mantenido por 20 años la visión renovada de una parte de nuestra sociedad, Ledrick ganó por la destreza y visión clara que demostró al asumir un montaje grandilocuente a lo largo del cual logra mantener la sinergia de una amplia cantidad de detalles expresivos que facilitan el fracaso de la propuesta si no se coordinan con firmeza.
Tal como lo expresó el jurado, su trabajo destaca por “una dirección de pulso firme que trasciende el naturalismo. Retrata además la descomposición generada por un drama estrechamente vinculado a la pobreza. Se destaca su capacidad para orquestar una pieza donde el riesgo estético -manifestado entre otras cosas en la persistencia omnipresente del coro que invade el espacio escénico- convive con una crudeza lacerante en la composición de sus cuadros”.
El cuerpo evaluador agregó además que Ledrick, logra el equilibrio de retratar el maltrato hacia los más vulnerables con una honestidad descarnada. “En su propuesta evita con rigor la ‘pornomiseria’ para, en su lugar, devolverle a la tragedia cotidiana su dimensión más humana”.
De manera que el joven director, lejos de irse por el camino fácil, se atrevió a exponer su versión del texto de Palencia con un montaje que le quedó grande al Espacio Plural, no solamente por la imponente escenografía, el numeroso elenco y el enriquecimiento del discurso artístico con el empleo de coros.
Con su propuesta Ledrick potencia la intencionalidad expresiva de Palencia para plantearnos reflexiones duras sobre la propia venezolanidad, que van más allá del tema principal de la obra vinculado a la transexualidad y la transfobia en el contexto de una familia caraqueña de bajos recursos. Como dice uno de los personajes secundarios, «Somos egoístas como niños consentidos y no nos damos cuenta. ¡Si nos lo dicen nos ofendemos!».
En concreto, la historia de La Quinta Dayana, gira en torno a una venezolana transgénero que nace en un ambiente vulnerable. Logra superarse y se muda a Canadá. Regresa luego junto a su amiga Katy para visitar la casa que ha estado pagando durante años para su abuela, Maíta y además anunciar su decisión de reasignación de género
Al llegar, descubre que la propiedad no solamente se ha deteriorado a causa de su hermano Rey y otros familiares que solo se han aprovechado de su esfuerzo, sino que además está a punto de perderse por la falta de planificación y malas decisiones.
En este contexto, Palencia muestra los trapos sucios que también forman parte, nos guste o no, de nuestro gentilicio: la viveza criolla, el querer obtener beneficios sin esfuerzo, la irresponsabilidad, la injusticia sostenida en medias verdades, el egoísmo y el no reconocimiento de nuestros errores.
En este sentido, el montaje de Ledrick y la obra en sí de Palencia, saben a El pez que fuma, a la obra de José Ignacio Cabrujas y Rodolfo Santana en esa larga y valiente tradición de usar el escenario como un tribunal para juzgar nuestros males y al mismo tiempo retratar el barrio, en su amplia dimensión.
Claro que en el caso de Palencia, determinado tal vez por su propio tiempo, distinto al de sus maestros (Cabrujas y Santana) se notan las rupturas en este caso específico de la Quinta Dayana con la incorporación del verso y la poesía en los diálogos un lenguaje elevado choca deliberadamente con la cruda realidad de los personajes y crea un efecto de distanciamiento que nos invita a reflexionar, no solo a sentir.
Por supuesto, delante de eso está la crítica a la doble moral, la inmadurez social, la identidad de género, el enfrentamiento entre la autenticidad y las convenciones, y la casa como símbolo del sueño de seguridad y pertenencia.
En este montaje digno de una sala como la Ríos Reyna, resalta especialmente la cohesión y consistencia del elenco encabezado por Zair Mora como Dayana, Flor Colmenares en el rol de Maita; Theylor Plaza en el papel de Rey, Sara Valero como Katy, Luis Serria como Moche y la sublime actuación de Rossana Hernández como la mamá.
Completan el ensamble Maikel Rivera, Eduvina Soto, Jhuraní Servellon, Abraham Mendoza, Anilec Vera, John Hernández, Yendy Vegas, Candela y Carmela.
En la asistencia de producción están Andrea Garcia Lara y Andres Martinez; Augusto Marcano está a cargo de la fotografía y Thais Morales del diseño gráfico.
En el diseño de iluminación está Greymar Hernández; Antonella Mijares realizó el acompañamiento coreográfico; Pedro Arias se encargó del diseño y realización de la escenografía y el vestuario fue responsabilidad de Felia Torres.
Como ganadora del certamen, la obra debe completar una temporada en el Espacio Plural del Trasnocho Cultural. Las funciones restantes serán los próximos días viernes a las 8:00 p. m. y sábados y domingos a las 7:00 p. m.
