El agua que viene de la Amazonia ilumina y mueve a Ecuador y a Colombia
El 26 de octubre de 2023, el gobierno de Ecuador sorprendió a sus ciudadanos con un anuncio para el que nadie se había preparado. A partir del día siguiente iniciaría un plan de racionamiento energético que contemplaba apagones programados de entre tres y cuatro horas diarias. Explicó que el plan se podría alargar hasta diciembre de ese año.
No obstante, el racionamiento se extendió mucho más y un año después, en septiembre de 2024, informó que los cortes no solo se mantendrían sino que además subirían a ocho horas. Declaró la alerta roja en varias regiones del país.
Semanas más tarde, los apagones programados alcanzaron las 14 horas, lo que para la ciudadanía de buena parte del país significaba estar más de medio día sin internet, sin refrigeración, sin luz y muchas veces sin la posibilidad de trabajar.
El gobierno del presidente Daniel Noboa atribuyó las medidas a la intensa sequía que vivía la región amazónica ecuatoriana debido al fenómeno de El Niño, que tenía en su nivel más bajo los caudales de los ríos que abastecen a las dos centrales hidroeléctricas estelares de Ecuador: Coca Codo Sinclair, ubicada al norte, entre las provincias de Napo y Sucumbíos; y Paute, situada al sur, en la provincia de Azuay.
Coca Codo Sinclair, que es operada por la Corporación Eléctrica del Ecuador (Celec) y abastece cerca de la tercera parte de la demanda de todo el país. Hasta el 11 de agosto de 2026, esa central había producido el una tercera parte de toda la electricidad que se genera en el Ecuador, mientras que la segunda de mayor capacidad (Paute), había llegado a producir 19 %.
Esta central ha sido fuente de varios escándalos porque luego de su construcción se presentaron fisuras que la Contraloría ecuatoriana calculó en perjuicios para el Estado por decenas de millones de dólares.
El expresidente Lenin Moreno fue declarado culpable del delito de cohecho por integrar una red de sobornos entre 2009 y 2018 y porque, según la justicia ecuatoriana, recibió dinero de Sinohydro, la empresa china que construyó Coca Codo Sinclair.
Actualmente se desarrolla un juicio contra Moreno, acusado de presuntamente haber participado en una red de sobornos.
A diferencia de otras hidroeléctricas que almacenan enormes cantidades de agua para generar electricidad, esta central aprovecha el agua de los ríos Salado y Quijos, y luego la restituye al río Coca, que sigue viajando hasta descargar sus aguas en el río Napo, que llega hasta el Amazonas.
Pero su diseño a filo de agua también hace que Coca Codo Sinclair sea altamente vulnerable a quedarse sin agua para operar. Si el caudal del río merma drásticamente debido a una sequía, no cuenta con agua almacenada en la forma de represa para seguir aportando al sistema interconectado nacional.
“Cuando hay estiaje, el golpe es brutal. Se puede quedar sin capacidad de la noche a la mañana”, señala Nora Estela Fernández, economista y especialista en temas energéticos de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador.
Eso explica por qué durante la larga sequía de 2023 y 2024, esta hidroeléctrica resultara tan afectada. Si de un día para otro puede sufrir un grave impacto, cuando deja de llover durante meses, el golpe es aún peor. Y quienes lo sienten son todos los ecuatorianos.
También en Colombia se sintió la sequía. Ese país es el principal exportador de electricidad hacia Ecuador y al inicio de esa crisis duplicó sus aportes de electricidad a su vecino.
Sin embargo, cuando las lluvias empezaron a escasear en sus principales embalses a causa del mismo fenómeno de El Niño, debió destinar su producción eléctrica al consumo interno y tuvo que frenar las exportaciones a Ecuador.
Aunque en Colombia no hubo racionamiento de electricidad en ese momento, su capital Bogotá se vio obligada a instaurar cortes de agua potable durante todo un año.
En ese momento, al menos en Ecuador, hubo una conciencia más o menos extendida de que la crisis energética estaba vinculada al fenómeno de El Niño pero también a la Amazonia, pues es en ese bioma al oriente de la cordillera andina donde están sus principales centrales hidroeléctricas.
En Colombia eso no ocurrió. Cuando se dio el racionamiento de agua en Bogotá, algunos medios de comunicación hablaron sobre las relaciones entre los embalses que abastecen de agua potable a la ciudad con las lluvias que llegan desde el bosque amazónico. Pero esa conexión con las hidroeléctricas no se menciona casi nunca.
“Es un vacío de conocimiento que hay que abordar. Hay que hacer un llamado a la ciencia sobre ese tipo de preguntas que no han sido respondidas y que deberíamos estar respondiendo para nuestra seguridad y soberanía energética”, dice Carolina Useche, directora de clima, economía y finanzas del no gubernamental e internacional Instituto de Recursos Mundiales (WRI, en inglés) en Colombia, que ha diseñado una metodología que permite establecer cuán vulnerables son las pequeñas hidroeléctricas ante los impactos de la crisis climática.
El vacío de conocimiento de cómo se relacionan las principales centrales de Colombia con lo que pase en la Amazonia quizás se deba a que estén situadas en lo alto de los Andes, lejos de la región amazónica.
